¿Cómo los viajes puedes ayudar a nuestra práctica educativa?
No sé si nací viajera o si el viajes educativos crecieron en mí por el camino. Lo que sí sé es que mi curiosidad no ha cesado con los años. Pero creer que existían realidades más allá de la que conocía abrió un mundo nuevo y lleno de posibilidades en mi profesión como educadora.
Desde mis prácticas de estudiante en Reggio Emilia y Suecia, mis viajes por Europa y Latinoamérica, hasta los últimos siete años en Aotearoa (Nueva Zelanda), cada lugar ha sido una pieza del rompecabezas de quién soy. Cada paso ha dado forma a mi práctica y a mi vida. Hoy quiero compartir contigo algunos de esos aprendizajes profundos, con la esperanza de que también puedan apoyar tu propio camino.
«¿Qué mundos tengo dentro del alma que hace tiempo vengo pidiendo medios para volar?” – del poema Tempestad de Alfonsina Storni
Una de las primeras lecciones que los viajes educativos pueden enseñarnos como educadora es la importancia de la reflexión constante: notar qué es posible y cuestionar lo que ya se asume como verdad absoluta.
Estrechamente ligada a esto está la adaptabilidad. Moverse entre diferentes realidades nos invita a ser más flexibles sin dejar de ser fieles a nuestros valores; nos recuerda que una forma de hacer o de ser no es intrínsecamente mejor que otra. Cada contexto hace lo mejor que puede con los conocimientos y los recursos de los que dispone.
Cuando entramos en nuevos entornos, lo que sabemos/sentimos se expande y nuestra comprensión de la educación, la humanidad, la infancia e incluso de nosotros mismos, también crece.
No se trata solo de adquirir técnicas o estrategias educativas, sino de cultivar una forma de estar en el mundo: una observación más sensible, una apertura genuina hacia lo desconocido y una confianza profunda en nuestro propio potencial. Es aprender a mirar con asombro, a respetar los tiempos ajenos con empatía y a reconocer el valor único de un otro.
Estas cualidades no son abstractas sino que se encarnan a través de los dones que ofrece cada lugar. Por ejemplo, en mi experiencia:
- De Italia, absorbí la imagen del niño como alguien fuerte, creativo y lleno de potencial.
- De Suecia, vi el poder de una sociedad que apoya verdaderamente a las familias y responde a las diversas necesidades familiares.
- De Chile y Ecuador, aprendí la fuerza de la comunidad, los rituales que nos mantienen unidos y la belleza de la sencillez.
- De Aotearoa, he abrazado la profundidad del linaje familiar, incluyendo a los ancestros, la lengua y la tierra que nos da origen y da forma a nuestras historias, a quienes somos hoy.
Aunque gran parte de este aprendizaje también puede ocurrir permaneciendo arraigado en el propio lugar y comunidad, los viajes educativos hacen que el proceso sea más rápido, más amplio y, de alguna manera, más intenso. Expande la visión de lo que es posible, tanto para uno mismo como para la educación.
La educación coherente
Como educadores, navegamos constantemente entre lo que creemos, lo que practicamos y lo que sentimos. Esto no siempre es fácil, pero es donde reside nuestra verdadera fuerza.
Ser una educadora reflexiva no consiste solo en explicar nuestras acciones, sino también en cuestionar el sentido y la intención que hay detrás de ellas. La reflexión nos ayuda a ver si lo que decimos, lo que hacemos y lo que sentimos están realmente alineados.
Y aquí es donde entra la coherencia. ¿Cómo podemos invitar a niños y niñas a mantener viva su curiosidad, a hacerse preguntas sobre el mundo, a cultivar su llamada interior, a reflexionar mediante preguntas abiertas, a expresar sus emociones y a ser auténticos, si nosotros mismos no estamos dispuestos a vivir de esa manera?
Los viajes educativos me enseñaron esto con claridad. Me exigió el valor de observar prácticas que no me hacían sentir bien, que no eran coherentes con la filosofía de un centro o con mi propia intuición. A veces, en esos momentos, descubrí un nuevo tipo de valentía dentro de mí: la valentía de hacer las cosas de forma diferente.
Para mí, así es como se ve la coherencia:
- Lo que proclamamos (lo que decimos),
- Lo que mostramos en nuestra práctica (lo que hacemos), y
- Lo que sentimos en nuestro corazón (lo que somos).
Cuanto más alineadas estén estas tres dimensiones, más auténtica será nuestra enseñanza.
Encontrar tu esencia
Al principio, cuando visitas un centro nuevo o empiezas a trabajar en un país nuevo, puede que no entiendas del todo cómo o por qué la gente actúa como lo hace, o incluso lo que dicen tus compañeras/os de trabajo, los niños/as o familias que acompañas. Pero así, como podemos no captar cada palabra de un buen discurso o de un poema, podemos sentir su esencia. Del mismo modo, empezamos a percibir el corazón de un lugar y de su gente. Aprendemos a ver más allá de lo visible y a sentir el espíritu del entorno.
Poco a poco, ese lugar empieza a hablarle a tu corazón y refina tu intuición. Todo lo que aprendes allí (sobre ti mismo, sobre los demás, sobre formas de ser y de hacer) lo llevas contigo. Algunas prácticas las adoptarás; otras decidirás hacerlas de forma diferente. De cualquier modo, estas experiencias conforman tu esencia como educador o guía, pasando a formar parte de quien eres como acompañante, como líder, como miembro de un equipo y, sobre todo, como persona.
Afrontar las emociones del cambio
Nunca es fácil tomar la decisión de irse, de viajar, de empezar de nuevo en otro lugar. Siempre aparece el miedo: miedo a lo desconocido, miedo a lo que pueda salir mal. Pero a veces, quedarse en nuestra zona de confort es más doloroso que dar el paso hacia lo desconocido.
A ti, si estas pensando en viajar, mi mensaje es sencillo: ¡Inténtalo! Aunque no resulte como esperabas, aunque parezca difícil dejar atrás a familia y amigos, o un trabajo (por ahora) estable, aprenderás más intentándolo que aferrándote al «qué pasaría si«.
Creo sinceramente que, gracias a estos viajes educativos o experiencias en el extranjero, podemos crear una educación (y un mundo) más expansivo, más conectado, más respetuoso y más lleno de asombro.
Como bien expresa Digby Scott en su libro Change Makers:
“Cuando lo correcto y lo seguro son dos caminos distintos, cuando lo que de verdad deseas llega con incertidumbre y riesgo, el coraje es tu puente entre la intención y la acción (…) Para ser agente de cambio, el coraje es el precio de entrada.”
Change Makers, Digby Scott
Un mensaje de integridad

El valor de la diversidad cultural en la Educación Infantil (tanto de equipos como de familias) es un legado que dejamos a las generaciones futuras: una forma de modelar la colaboración a pesar de las diferencias, de construir confianza en un mundo que honra la diversidad, de ver la riqueza más allá de banderas, idiomas o culturas.
Nuestro whakapapa (linaje), nuestras historias de origen, son únicos. Pero nuestros valores humanos de bondad, empatía y respeto son universales.
Para la educación, abrazar la diversidad significa ampliar su propia comprensión de los diferentes estilos de enseñanza y crianza, reconocer lo que nos une y dar voz a quienes podrían permanecer en silencio por miedo a no ser valorados como inmigrantes o simplemente por ser diferentes.
El líder/educador que abraza y reconoce el valor de otras realidades es el líder que transforma profundamente.
Nerea Aller
Camina tu propio sendero
Somos lo que hemos vivido, pero aún más importante es lo que elegimos hacer con ello.
Para mí, los viajes educativos han sido a la vez un hogar y un maestro. Doy las gracias a Mauao, la montaña que me ha dado fuerza y valor, y a Tauranga Moana, el océano que me ha devuelto la inspiración y la calma cuando las he perdido. Agradezco a toda la comunidad de Educación Infantil (en el mundo entero) que trabaja cada día para honrar el tesoro que es la infancia.
Volviendo a la cita de Alfonsina Storni, poeta y escritora argentina: «¿Qué mundos tengo dentro del alma que hace tiempo vengo pidiendo medios para volar?”
Te invito a reflexionar sobre esto: los mundos que habitan en nuestro interior (nuestros sueños, nuestras ideas, nuestro potencial sin explotar como acompañantes educativos) no están destinados a permanecer ocultos o en silencio.
Son las alas de nuestro crecimiento, esperando el valor y el espacio para volar. A veces las barreras son externas: lo desconocido, el miedo al cambio o las voces que nos dicen que no estamos preparados. A veces las barreras son internas: la duda, la vacilación o, simplemente, no darnos permiso.
Sin embargo, estos mundos internos son persistentes. Nos empujan en silencio, reclamando atención, pidiéndonos que los honremos, que los miremos. Viajar, explorar, enseñar y vivir plenamente son formas de responder a esa llamada. Al darles vida, enriquecemos no solo nuestro propio viaje, sino también las vidas de las infancias y las comunidades que acompañamos.
Te invito a volar…
Para cerrar esta reflexión sobre la influencia de los viajes en educación, te invito a profundizar en la mirada educativa de la última tierra en la que he crecido como persona y educadora.
Si quieres conocer de cerca la esencia de la Educación Infantil en Nueva Zelanda escríbeme un email y podré compartirte una charla online sobre el tema o una asesoría personalizada si estás pensando en viajar.



